Un café ☕ antes de 2026

Un café ☕ antes de 2026

El 2025 está ya casi terminado. Acabo de comprar una cafetera Imusa en promoción en el Éxito de Viva Laureles. Una compra simple, casi banal, que sin embargo me llevó a reflexionar sobre mi estilo de vida y el valor del frugal living.

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Comprar tiempo ⏳
no café ☕

Vivimos en una sociedad que nos empuja a creer que, para ser felices, debemos comprar continuamente el último producto o servicio disponible. Darse cuenta de ello y aprender a encontrar satisfacción en actividades que no implican gasto —como caminar, leer o socializar— es una forma eficaz de ahorrar y, al mismo tiempo, romper el ciclo del consumo 🔁.

Durante muchos años el frugal living fue un componente central de mi estilo de vida como digital nomad. Me permitió aprovechar el menor costo de vida en muchos destinos, ahorrar y reinvertir en mi futuro, y equilibrar la aventura con el crecimiento personal mediante una gestión más consciente de los recursos.

La vida frugal, sin embargo, es mucho más que un conjunto de técnicas para ahorrar. Planificar las comidas para reducir desperdicios 🍽️, prestar atención a los precios unitarios, comprar en cantidad cuando tiene sentido o intentar traducir el costo de una compra en horas de trabajo son ejercicios que ayudan a evaluar el verdadero valor de lo que compramos en relación con el tiempo que nos costó ganarlo.

Con el tiempo entendí que la frugalidad no trata tanto de “gastar menos” 💸, sino de “comprar tiempo” ⏳ —una idea recurrente en libros como The 4-Hour Workweek de Timothy Ferriss y Buy Back Your Time de Dan Martell.

En definitiva, es una filosofía y un estilo de vida que pone en el centro la intencionalidad 🎯 y la libertad. No significa privarse de lo que nos hace felices ni vivir en la avaricia, sino aprender a usar el dinero de forma consciente, con el objetivo de construir serenidad financiera y autonomía personal.

El café no es el punto

Me he dado cuenta de que el frugalismo y el minimalismo suelen ponerse al mismo nivel. De hecho pueden llevar a resultados parecidos —una vida más simple, menos desperdicio, más margen económico—, pero para mí siguen siendo dos enfoques distintos, que nacen de motivaciones diferentes.

El frugalismo, en mi caso, ha sido sobre todo una forma de relacionarme con los recursos. Vivir por debajo de mis posibilidades, gastar con intención y acumular un margen de seguridad me permitió construir serenidad y libertad financiera. Nunca se trató de renunciar, sino de dar valor a cada gasto, eligiendo con cuidado dónde poner el dinero y dónde no. Incluso cuando los ingresos aumentaron, traté de mantener el mismo nivel de vida, desviando el excedente hacia el ahorro y la inversión 💰 en lugar de hacia nuevos hábitos de consumo.

El minimalismo, en cambio, me parece algo distinto. No se refiere tanto al dinero como a la relación con los objetos. Es la elección de poseer menos 🧘‍♂️, con la convicción de que reducir la acumulación trae consigo más ligereza, más espacio mental, quizás incluso más felicidad. No es seguro que quien es minimalista esté orientado al ahorro en sentido estricto: el objetivo no es guardar dinero, sino liberarse del peso de lo superfluo. Un guardarropa reducido a pocas prendas de calidad, por ejemplo, no nace necesariamente de la necesidad de gastar menos, sino del deseo de simplificar.

Las dos perspectivas pueden encontrarse, pero no coinciden.

Un café al día

Mi lado frugal tiende a hacer cuentas, a preguntarse cuánto cuesta un café tomado cada día a lo largo de un año y si vale la pena renunciar a él para invertir esa cantidad en otra cosa. El minimalismo, en cambio, actúa de manera más silenciosa: simplemente, a veces, no siento la necesidad de comprar nada durante meses.

En el primer caso el ahorro es el objetivo, en el segundo es solo una consecuencia. Y quizás ahí la diferencia se vuelve más clara: puedo ser frugal y poseer muchos objetos comprados con criterio o reutilizados a lo largo del tiempo, mientras que el minimalismo me empuja, cuando lo sigo, a tener pocos, elegidos con mayor intención.

Tal vez ese sea el punto: no se trata de renunciar al café ni de acumular reglas de ahorro. Se trata de aprender a hacer espacio —en la billetera, en el tiempo ⏳, en la cabeza— y de entrar en 2026 con menos cosas, pero con más intención.

¿Cuánto cuesta realmente un café?

¿Existe un nivel mínimo de minutos al día por debajo del cual una elección no vale la pena? Es una pregunta que parece abstracta, pero se vuelve sorprendentemente concreta cuando se aplica a un gesto tan banal como el café. No el café en sí, sino todo lo que lo rodea: dónde lo tomo, cuánto cuesta, cuánto tiempo me requiere cada día.

En el código Python fijé un umbral arbitrario de 5 minutos al día, porque para mí representa un punto de inflexión perceptivo. Cinco minutos son pocos, casi despreciables si se toman por separado. Pero multiplicados por 365 días se convierten en más de 30 horas al año: una semana entera de trabajo recuperada sin hacer ruido.

Café en el bar: 547.50 € | 45.6 horas de trabajo
Café en casa: 109.50 € | 9.1 horas de trabajo
Tiempo ahorrado al día: 6.0 minutos

La comparación entre el café del bar y el café hecho en casa hace visible esta diferencia. El ahorro económico es evidente 💰, pero lo que realmente me interesa es el tiempo “recomprado”.

Si una elección cotidiana me devuelve menos de unos pocos minutos al día, probablemente se queda en un ejercicio teórico que no cambia nada. Superado ese umbral, en cambio, la elección empieza a acumularse, a volverse significativa, a generar margen.

No todas las decisiones merecen atención, pero algunas —incluso diminutas— compran tiempo de manera constante. El punto no es eliminar el café ni vivir de renuncias. Es preguntarse si ese gesto diario está devolviendo suficiente espacio —en el tiempo y en la cabeza— como para justificar su presencia.